martes, 31 de octubre de 2017

Relato Halloween: No juegues conmigo (parte final)







Si no has leído la parte anterior, hazlo AQUÍ.


En el camino planearon la arremetida. No eran expertos, no tenían armas ni equipo especializado, pero estaban dispuestos a traspasar cualquier peligro para llegar hasta su meta.
Horas después los tres inspeccionaban con disimulo la zona. Había poco movimiento en los galpones vecinos, con escaso personal trabajando a la vista. El almacén de su interés tenía un mínimo de vigilancia, contando solo con tres militares custodiando la puerta principal, más atentos a la 3DS que tenían en las manos que en los alrededores.
Decidieron saltar el cercado para investigar la parte trasera del galpón. Cuando llegaron a su destino Jacinto no podía sentirse confiado, aún no se habían topado con ningún ser humano, ya fuera militar o trabajador. El lugar se hallaba desierto, sumido en las sombras. Si no fuera por la presencia de los vigilantes de la entrada pensaría que estaba abandonado y que Ismael los había engañado, llevándolos directo a alguna trampa.
Al adentrarse en la bodega encontraron un grupo de urnas desgastadas y cubiertas de tierra. El descubrimiento los horrorizó, pero al mismo tiempo les despertó cierta expectativa.
Todas estaban vacías y bañadas por un líquido de olor fuerte que les dificultaba la respiración.
—Debe ser para evitar el olor de la muerte —dedujo Ismael. Jacinto lo observó de reojo, con desconfianza.
Continuaron la investigación hasta hallar unas extrañas cápsulas de plástico transparente apiladas en un rincón. Parecían incubadoras para adultos. Y junto a ellas, se encontraban varias cajas llenas de complejos aparatos electrónicos.
—Quizás con esto los regresan a la vida.
—¿Puedes callarte? —exigió Jacinto. Las explicaciones del hombre le alteraban los nervios. El hallazgo de aquellos elementos ponía en jaque todas sus creencias.
La llamada angustiada de Lorena lo alarmó. Corrió hacia ella pudiendo toparse con una docena de capsulas dispuestas de forma ordenada en un rincón, con los equipos electrónicos en funcionamiento a su lado.
Se asomaron en el primer receptáculo y notaron la presencia una figura humana acostada dentro, envuelta en un humo blanco y con una mascarilla de oxígeno cubriéndole la boca. Una vía intravenosa colocada en el brazo derecho le suministraba sangre y otra en el brazo izquierdo le pasaba un extraño líquido anaranjado.
Todos fueron presa de un profundo miedo. Ser testigos de aquella aberración los llenaba de un dolor inexplicable y un terror inquietante.
Enseguida comenzaron a buscar entre todas las cápsulas esperando encontrar a algún conocido. Jacinto, con la angustia punzándole el pecho, le notificó a Lorena el hallazgo del cuerpo de Anastasia. La mujer se arrodilló junto al cubículo y lloró desconsolada su pena, maldiciendo a todos los responsables de aquel nefasto hecho por haber interrumpido el descanso eterno de su hija.
Ante la mirada incrédula de Lorena e Ismael, Jacinto desconectó furioso la máquina que se encontraba unida a la cápsula de Anastasia. Abrió la tapa y dejó escapar el humo helado que la cubría.
La chica estaba como dormida, pero él no le sintió pulsaciones ni palpitaciones en el pecho. Con cuidado la sacó de la caja y envolvió su desnudez con el abrigo de Lorena.
Sin escuchar razones la cargó y se marchó del lugar, la subió en el auto y se la llevó a su casa, salvándola de cualquier terrible futuro. Al llegar la colocó sobre la cama y la cobijó con varias colchas. Lorena se recostó junto a ella, para acariciarle los cabellos y cantarle, en medio de sollozos, canciones de arrullo.
Ismael y Jacinto se paseaban preocupados de un lado a otro. Ambos sabían que aquella acción traería serias consecuencias.
—No debiste sacarla de la cápsula, quizás esa tecnología era lo que la mantenía con vida.
—Quizás, quizás, quizás… ¡deja de decir en voz alta tus sospechas! —Jacinto se encontraba en el límite de su paciencia. No aceptaría más opiniones de nadie. Esa era su hija y él tenía todo el derecho de sacarla de aquel lugar.
Se detuvo en medio de la habitación al escuchar que Anastasia había despertado y tosía con rudeza. Lorena la incorporó para ayudarla a recobrar oxígeno, pero cada vez se ahogaba más. Jacinto se acercó para socorrerla notando que la piel de su hija se enfriaba.
La chica lo tomó con fuerza del brazo y le traspasó el alma con su mirada gélida, clavando los intensos ojos azules en los suyos. Segundos después, se desplomó en la cama, quedando inmóvil y sin respirar.
Lorena aumentó el nivel de su llanto, entendiendo que su hija había muerto de nuevo. Jacinto retuvo en los ojos las lágrimas y apretó la mandíbula para no gritar su rabia.
Al poco rato, la piel de Anastasia comenzó a marchitarse ante la mirada perpleja de los tres testigos, volviéndose quebradiza como si fuera una hoja seca, luego se fue desmoronando.
Con terror vieron como el cuerpo se le volvía polvo. Ninguno pudo hablar, llorar o moverse. Quedaron inertes frente a aquel fenómeno sobrenatural.
Al finalizar, Jacinto se irguió con el rostro endurecido soportando su creciente cólera. Buscó en el armario un viejo cofre que había pertenecido a su madre y dónde guardaba antiguas prendas sin valor, pero llenas de recuerdos. Lo vació sobre una mesa y se dispuso a recoger, con mucho cuidado y ayudado por Lorena, las cenizas de su hija.
Luego se dirigió al patio, y después de echar a los perros para que no lo molestaran, comenzó a abrir un hoyo bajo un naranjo.
—¿La enterrarás aquí? —le preguntó Ismael angustiado.
—De aquí nadie volverá a sacarla. Cuidaré de ella, le construiré un nicho hermoso y sembraré cientos de flores de colores a su alrededor. Nunca le faltara la luz de una vela ni oraciones.
En silencio todos ayudaron a que se realizara el sepelio. Luego se dirigieron a la sala y se sentaron en la mesa, mirando desanimados la rayada madera.
—¿Y ahora qué haremos? —preguntó Lorena. Sabía que los dos hombres, al igual que ella, no estaban conformes con ese final. Aspiraban un poco de justicia.
Después de compartir miradas cómplices el trío se levantó dispuesto a visitar de nuevo el galpón, para poner punto final al perverso juego.
Horas más tarde descargaban varios galones de gasolina en el almacén y le prendían fuego. Observaron con furia cómo se consumía aquel espacio, siendo inútiles los esfuerzos de los bomberos y rescatistas por salvar algo. Todo se volvió cenizas, de la misma manera en que Anastasia se había desintegrado frente a ellos.
Días después Jacinto iba en su auto de camino al trabajo. Eran las siete y cuarto de la mañana, el cielo estaba despejado y la ciudad llena de vitalidad. Se detuvo en un kiosco para comprar el periódico y observar las revistas expuestas en los estantes, pero un hombre que caminaba apurado lo tropezó con violencia. Tuvo que hacer uso de su gran equilibrio para no estrellarse contra la estructura de la caseta. Al lograrlo, se dirigió enfurecido al tipo dispuesto a reclamarle por su falta de atención, pero al verlo a los ojos quedó petrificado.
Una gélida mirada, trasmitida a través de unos ojos de un azul intenso, casi irreales, lo abrumó.
El hombre siguió su camino sin prestarle atención, dejándolo pasmado en medio de la muchedumbre. Jacinto pasó una mano por su cabello con gesto preocupado y miró con más detenimiento a las personas que se movían a su alrededor.
No pudo notar uno, sino varios sujetos con las mismas características. Muertos en vida, revividos por alguna oscura finalidad por un nigromante desquiciado. Algunos caminaban, otros iban en auto, entraban al supermercado o salían del banco, estaban diseminados en la sociedad.
Cayó arrodillado al suelo doblegado por aquella perturbadora realidad y se aferró con fuerzas a la cruz de plata que le colgaba del cuello. Ahora es que podía entender la dimensión de aquel macabro juego…




lunes, 30 de octubre de 2017

Relato Halloween: No juegues conmigo (parte 2)





Si no has leído la primera parte, hazlo AQUÍ.


Horas después, Jacinto caminaba inseguro por un concurrido andén, esperando el arribo del autobús proveniente de Barquisimeto.
Se quedó muy quieto al ver al colectivo que esperaba estacionándose frente a él. Lorena no le dio tiempo al chofer para detener el bus, se bajó apresurada lanzándose sobre su exesposo y envolviéndole el cuello en un fuerte abrazo. Los ojos le brillaban por las lágrimas reprimidas.
Ese gesto lo confundió aún más. Ella se había marchado furiosa de su lado jurándole odio eterno por los marchitos años que le había dedicado y reduciendo al mínimo la comunicación después de la muerte de Anastasia, pero allí estaba, sosteniéndose de él para buscar a la hija que al parecer, les había resucitado de entre los muertos.
Respondió perplejo a su abrazo y trató de calmarla con suaves caricias en la espalda.
—Vámonos. No tardemos más —sentenció ella alejándose con rudeza de él y tomándolo de la mano para arrastrarlo por el andén hacia el estacionamiento, dispuesta a emprender cuanto antes su aventura. Jacinto la siguió como si fuera un niño regañado, esperaba encontrarse en un sitio menos atiborrado para conversar con la mujer, ya que creía que era imperioso detenerla.
—Lorena, espera…
La mujer lo miró con severidad. No aceptaría un No a esas alturas del viaje. Sola o con él buscaría a su hija.
—No es correcto lo que haremos —insistió Jacinto—. Anastasia está muerta, esa mujer no puede ser ella.
—Lo es. Yo la vi.
—Yo también la vi y no te puedo negar que se parece mucho, pero eso no nos da derecho a invadir la casa de nadie y agobiarlos con ilógicas suposiciones.
—Soy su madre, tengo derecho de hablar con ella.
Lorena lo soltó para dirigirse sola a la parada de bus, pero Jacinto se interpuso en su camino y la detuvo posando sus manos en los hombros.
—Está bien, iremos juntos —claudicó—. Buscamos la casa, llamamos a la puerta, pedimos hablar con Verónica Santaella, la felicitamos por el éxito de su esposo y nos marchamos del lugar. ¿Te parece? —dijo esperanzado. Ansiaba que sucediera algún milagro la hiciera cambiar de parecer.
—¿Por cuál éxito la vamos a felicitar? No perderé tiempo en temas irracionales. Le preguntaré cómo pudo regresar de la muerte y qué demonios está haciendo aquí.
Las palabras de Lorena lo alteraron aún más. Se iban a meter en un gran lío si llegaban a la casa del empresario haciendo un alboroto con semejante paranoia. Los arrojarían a la cárcel por una eternidad.
Ella se apartó de él para continuar, pero Jacinto volvió a interponerse.
—Lorena, no podemos llegar diciendo eso. La vas a asustar. Vamos a presentarnos con formalidad, le ofreceremos nuestro apoyo y amistad por los éxitos que su esposo está obteniendo, y luego, con el tiempo, averiguamos si es Anastasia o no.
—¡Lo es! —La terquedad de la mujer lo exasperaba y le revolvía agrios recuerdos. Se agarró la cabeza con las dos manos en señal de frustración, pero debía seguir intentando convencerla, ya no tenía oportunidad para hacerse la vista gorda y permitir que ella cometiera una estupidez.
—Prométeme que hoy no le dirás nada sobre ese asunto —pidió en un ruego—. Solo la saludaremos.
Lorena respiró hondo para llenarse de resignación, le costaba entender lo absurdo de su idea, pero quería llegar hasta su hija y para eso necesitaba la ayuda de su exesposo. No deseaba pasearse sola por una ciudad que poco conocía.
—Está bien. Hoy no le diré nada, pero algún día lo haré. Ella es Anastasia, estoy segura de eso.
Jacinto asintió más calmado. Al menos había logrado un importante avance que le garantizaba, en parte, su libertad. Se comunicó con un amigo que trabajaba en una de las empresas del esposo de la misteriosa mujer, y este lo ayudó a encontrar la dirección de la residencia. Horas después estacionaban el auto frente a una imponente quinta en el este de la ciudad donde supuestamente residía la pareja.
Con nerviosismo el hombre se dirigió al portal que daba acceso a la vivienda, esperando que Lorena no armara un escándalo que ameritara la presencia de la policía. Su curiosidad aumentó al notar que los guardias que custodiaban la entrada eran militares y no oficiales privados de alguna agencia de seguridad. Se acercaron a la casilla de vigilancia y con mucha sutileza pidieron entrevistarse con Verónica Santaella recibiendo un rotundo rechazo acompañado de cierta violencia.
Los soldados los sacaron casi a patadas de la zona y les prohibieron rondar el sector. En caso contrario tomarían acciones de fuerza para alejarlos.
Se marcharon, pero la intriga y el temor no los dejaba pensar ni actuar con sabiduría. Tuvieron que detenerse en una esquina para analizar la situación, ansiando que alguna idea les alumbrara el entendimiento.
—¿Te das cuenta? Algo no está bien allí —argumentó Lorena con ansiedad—. Verónica Santaella tiene que ser nuestra hija.
La actitud de los militares le daba razones a la mujer para sospechar. Jacinto comenzó a sentirse inquieto, la presencia de aquellos efectivos podría significar la intervención de organismos poderosos que los aplastarían en un segundo si descubrían sus intenciones.
—No lograremos nada enfrentándonos a los militares. Tenemos que encontrar alguna otra manera de llegar a ella.
—El diablo está haciendo su trabajo… —Una misteriosa voz les habló desde las sombras. Lorena se sobresaltó, cerró con rapidez la ventanilla y bajó el seguro de la puerta para poder sentirse segura.
Jacinto agudizó la mirada para intentar observar a la persona que se escondía en la oscuridad. Pero, al no poder ver nada, e ignorando las angustiantes quejas de Lorena, bajó del vehículo para enfrentarse al extraño.
—¿Quién eres?
—¿Qué importa? —le respondió la sombra con voz neutra.
—¿Por qué no das la cara?
Jacinto se detuvo bajo un poste de luz frente al auto, esperando que el interpelado saliera de su escondite. Lorena se quedó dentro del vehículo, observaba aterrada la escena.
Con lentitud un hombre de unos cincuentas años, de contextura delgada y cabello canoso, salió de entre las sombras con los ojos cargados de melancolía.
—¿Quién eres? —volvió a preguntar Jacinto con más suavidad. Por alguna razón el dolor de aquel sujeto se le reflejaba en el alma.
—Mi esposa murió hace diez años por un cáncer, ahora camina al lado de ese empresario como parte de su equipo de abogados.
El hombre señaló en dirección a la quinta, dejando a Jacinto sin palabras y llenándolo de más interrogantes.
Lorena salió con cautela del auto, interesándose en la conversación.
—¿Ha hablado con ella? —preguntó él con voz temblorosa.
—No me permiten acercarme —respondió el hombre mientras bajaba su triste mirada al suelo—. Pero sé donde guardan los cuerpos.
Con renovado ánimo Lorena se acercó. Necesitaba aquella información.
—¿Dónde está? Buscamos a nuestra hija —alegó la mujer.
Jacinto la fulminó con la mirada, pero ella lo ignoró. El sujeto dirigió su atención hacia ella y dibujó una diminuta sonrisa en los labios.
—Hay un galpón cerca de los puertos de La Guaira. Allí los llevan.
Lorena se alegró con la noticia, pero Jacinto no confiaba en esa aseveración, o quizás necesitaba una explicación más convincente.
—¿Los vistes? —preguntó con recelo.
—Sí. Cuando los bajaban de los camiones.
—¿A los cuerpos? —indagó Lorena.
—No. A las urnas.
La pareja quedó boquiabierta. Sus rostros se volvieron tan blancos como la leche.
—Eso es imposible —respondió Jacinto, manteniendo aún la confianza en la humanidad.
—Si estás buscando a tu hija es porque la viste. Ellos quizás piensan que nos olvidaremos con facilidad de nuestros familiares después de muertos, por eso hacen lo que hacen. —El hombre habló con severidad, incómodo por la desconfianza.
—Pero, ¿por qué lo hacen?
Lorena buscaba alguna explicación que la ayudara a entender la razón de aquellos graves delitos.
—Juegan a ser dioses —dictaminó el sujeto con enfado—. Quieren un ejército manipulable que no experimente ningún tipo de sentimientos, que actúe acatando órdenes sin necesidad de razonar. Muertos vivientes siguiendo instrucciones sin atender otras responsabilidades. Obreros a tiempo completo.
El silencio fluyó entre ellos al igual que el frío de la noche y les exprimía los corazones dolidos y traicionados.
—Debemos ir a ese galpón. —La firme resolución de Lorena alborotó extrañas sensaciones en Jacinto. Aquello era una locura sin lógica, pero el recuerdo de su amorosa hija lo hizo reaccionar y aceptar el desafío.
Entraron en el auto seguidos por Ismael, que así se llamaba el hombre que había estado escondido entre las sombras, y se dirigieron a toda prisa hacia el puerto de La Guaira, con intención de ubicar a sus seres queridos… o lo que quedaba de ellos.

Continúa AQUÍ.




domingo, 29 de octubre de 2017

Relato Halloween: No juegues conmigo




NO JUEGUES CONMIGO
Autor: Jonaira Campagnuolo
Género: Ciencia Ficción

La mañana intentaba escurrirse por los pliegues de las cortinas hacia la desolada sala de Jacinto Urquiola. Tenues rayos lograban iluminar parte del rostro desgarbado del hombre mientras este observaba abstraído el fondo de una taza manchada con restos de café que descansaba sobre una mesita frente a él.
Sentado con apatía en el único sillón que adornaba la pequeña estancia, reflexionaba sobre su vida. Sentía la soledad como un gran yunque que a cada segundo lo hundía en un oscuro y profundo pozo.
Estaba acostumbrado a cuidar de alguien, desde los ocho años lo hacía, por eso ahora no tenía nada qué hacer. Se sentía aburrido y sus deberes les eran insípidos.
Comenzó aquel enfático hábito velando por su tímido hermano cuando este había iniciado la escuela. Después de unas cuantas temporadas el chico se marchó de casa para vivir con su padre, quedándole a Jacinto la responsabilidad de cuidar de su madre enferma. Al cumplir los veintitrés años la mujer murió, meses después esperaba junto al altar para unirse en matrimonio con Lorena Peñalver, una joven de padres extranjeros y mirada caprichosa. Una década más tarde Lorena lo abandonaba, pero contó con la dicha de disfrutar de la custodia, una semana sí y otra no, a su hija Anastasia.
Cada vez que la chica se quedaba con él la protegía como si ella fuera una rosa de cristal, hasta que una triste mañana un conductor imprudente la arrolló acabando con sus dieciocho años de vida.
Después de aquel fatal hecho, sucedido cuatro años atrás, Jacinto perdió todo interés por lo mundano. Sin embargo, decidió seguir respirando y se mudó a la capital, donde pudo aplacar la soledad adoptando una camada de tres perros que encontró abandonados dentro de una caja cierto día en que regresaba del trabajo.
Los mantenía bien cuidados, bañados, alimentados y consentidos, pero a pesar de todas las atenciones que les brindaba y del afecto que recibía de sus mascotas, nada le era suficiente para calmar el asfixiante vacío y la amarga pena que lo agobiaba. Se sentía inútil.
El pitido del teléfono lo sacó con brusquedad de sus cavilaciones. Se levantó de golpe tropezando con la mesa, haciendo que esta se volteara y expulsara la taza por los aires hasta volverse añicos en el suelo.
Ni siquiera se molestó en quejarse. Al menos tendría algo qué hacer después de atender la llamada.
Ignoró el desorden y se acercó con prontitud al aparato, emocionado por la novedad.
—¿Quién?
—Pon el canal veintiséis. ¡Rápido! —le ordenaron.
Se sobresaltó al escuchar aquella voz. Era Lorena, su exesposa, quien desde el entierro de su hija no le dirigía la palabra, a menos, que fuera por un asunto de extrema importancia.
—¿Qué?
—¡Muévete, Jacinto, antes de que termine el programa!
La voz autoritaria de la mujer lo obligó a abandonar el teléfono y correr al televisor para poner el canal que le pidió, sin entender lo que sucedía.
Al encontrarlo observó la imagen de un importante empresario de la ciudad sentado en una butaca. Respondía, con ensayada diplomacia, las preguntas sobre economía que le dirigía un periodista.
Ese tema le crispaba los vellos de la nuca. Sin embargo, se armó de paciencia y esperó algunos minutos, con el ceño fruncido, tratando de descubrir en las palabras del hombre lo que su antigua mujer quería mostrarle, pero no hallaba nada importante. Estaba a punto de apagar el televisor, angustiado por las necesidades de su exesposa, cuando al canal se le ocurrió enfocar la imagen de todo el estudio. Así pudo apreciar en un formato más amplio al periodista, al empresario y a la joven mujer que lo acompañaba.
—¡Santa Madre de Dios! —exclamó horrorizado al observar a la hermosa chica sentada al lado del hombre. La boca y los ojos se le abrieron como platos. Era su hija. Anastasia.
Con torpeza se levantó del sillón para acercarse a la pantalla, así lograría mirarla con detenimiento. Era exactamente igual, con los cabellos negros cayéndole sobre los hombros, los hoyitos marcados en las mejillas por su tierna sonrisa y la nariz respingada heredada de su abuela materna. Pero a pesar del gran parecido físico, su pose era altiva y su estilo de vestir sensual en nada se asimilaba al de su recatada hija.
Y los ojos… no eran los mismos ojos negros llenos de vida de su Anastasia. Los iris de esta joven eran de un azul intenso, casi irreales, y miraban con frialdad.
—¡Por el poder de Dios! —profirió sin poder salir de su asombro. Se aferró a la cruz de plata que le colgaba del cuello mientras se percataba que la chica se agitaba con movimientos pausados durante intervalos establecidos. El resto del tiempo se mantenía inmóvil, sin pestañear siquiera, conservando una sonrisa en los labios. Parecía una estatua viviente.
Al finalizar la entrevista, y en medio de las despedidas, el periodista se refirió a ella como Verónica Santaella, la esposa del entrevistado. La joven aumentó un poco la sonrisa y dirigió la mirada a la cámara, clavando sus gélidos ojos en Jacinto, que había quedado petrificado y con la cruz empuñada en la mano.
El sonido del teléfono lo hizo brincar del susto. La frente la tenía cubierta por un sudor frío y el corazón le latía desenfrenado en el pecho. Tomó el auricular con mano temblorosa y escuchó la angustiada voz de Lorena al otro lado de la línea.
—¿La viste?
No podía responder. Las palabras las tenía atragantadas en la garganta.
—Jacinto es ella, ¡es mi Anastasia!
—Es muy parecida, pero…
—¡Es ella! —gimoteaba Lorena desconsolada, angustiándolo más.
—No es posible. Murió hace cuatro años. La enterramos.
—Pero es ella, mi corazón de madre me lo asegura.
Jacinto soltó la cruz, que le quedó marcada en la palma, para frotarse la frente y despejarse el aturdimiento. Necesitaba pensar con claridad.
—No es posible, Lorena. ¿Viste sus ojos? Los tenía azules. Los de Anastasia eran negros.
—Son lentes de contacto, ¿no lo notaste? Nadie tiene los ojos así de azules. Eran muy brillantes.
La insistencia de la mujer lo desesperaba. Jacinto no sabía qué hacer ni qué pensar. En realidad la joven era muy parecida a su hija, pero no había ninguna razón lógica, ni natural, que justificara su aparición en aquel programa de televisión.
—Iré por ella —soltó Lorena con determinación.
—¡¿Qué?!
—Iré a la capital y la buscaré. Ese hombre es una personalidad pública, indagando podré encontrar la dirección de su casa.
—¿Estás loca? Es un empresario poderoso. ¿Cómo crees que te recibirá?
—No me importa. Es mi hija, necesito hablar con ella.
Jacinto respiró con pesadez. Aunque los nervios aún los tenía alborotados, la cordura se le iba asentando con lentitud en las neuronas.
—No es Anastasia, no es posible, ella está muerta. La enterramos hace cuatro años —intentó utilizar un tono de voz sobrio para meterle un poco de sensatez a su exmujer en la cabeza, pero era inútil. Lorena estaba decidida.
—Iré, Jacinto. Si quieres me acompañas, ella también es tu hija.
—No lo hagas, puedes terminar en la cárcel acusada por acoso…
—¡Te dije que no me importa! Voy saliendo a la capital. Al llegar te llamaré. Tendrás suficiente tiempo para pensarlo.
Sin esperar respuesta, Lorena cortó la llamada, dejando a Jacinto angustiado, confundido y aterrado. Cuando se le metía algo en la cabeza a esa mujer no descansaba hasta lograrlo. Así tuviera que pasar por encima de quién fuera.



Continúa AQUÍ.